domingo, 5 de marzo de 2017

En el río y no en el mar.

A veces es necesario apartarse  sin más para no tener que seguir explicando y contando que por dentro existe un río.
Ese río que discurre de manera precipitada, improvisada, imprevisible, que a veces frena, se embalsa y le da el sol  brotando la vida, para de repente recibir el deshielo.  Entonces comenzar y acelerar de nuevo su camino para seguir y seguir hasta ese destino que ni él mismo sabe pero que para todos es el mismo.

Ese destino que muchos tememos porque a veces, demasiadas veces, nos saluda y nos asusta y deseamos de una vez que deje de llamar y asustar. Y me niego a aceptar lo que muchos dicen: aprende a discurrir con ello y disfrutar de tu maravilloso viaje.

Pues no me gusta esa manera de desembocar. No me gusta que nadie tenga que discurrir por su caudal teniendo presente que el remanso del mar le espera.
No pretendo ser salmón que nade a contracorriente porque se niega a seguir de frente. Prefiero pensar que seguiré ayudando a crear cantos rodados de manera infinita y no tener que acelerar y anticipar ese encuentro o ese desencuentro.

Quiero paz pero no en el mar.  Por favor, que la gente deje de decir que el río es más fuerte cuanta más agua lleva o cuantas más curvas tiene. O que es más bonito cuantos más saltos de agua crea. Porque quizás esos saltos son preciosos para el que los fotografíe, pero tal  vez ese río no quiere quedarse en una foto.

A veces el río se sumerge tras un trayecto, breve o extenso, pero se esconde. Quizás es necesario dejarle estar callado y respetar su aparente quietud. Y si vuelve a salir con energía y brillo porque tiene la suerte de haber encontrado fuerza para seguir adelante, entonces, solo entonces, que lo celebren todos.

Tal vez el río desea aprender a discurrir sin tener en cuenta su cauce ni su destino. Tal vez el río quiera quedarse quieto, pero por el camino.
Y hasta entonces prefiera seguir callado mientras encuentra la manera de saber llegar.

Tal vez quiera paz, pero no en el mar.

Estrujadora.